Cuando crecemos

Hay algunas personas que se niegan a crecer. Sin embargo, el paso del tiempo es inevitable para todos. Crecer no está mal y, puede ser asumido satisfactoriamente, cuando nuestra vida es plena y no sólo crecemos físicamente, sino también progresamos como personas. La nota negativa de crecer, es que en muchas ocasiones negamos aquello que fuimos, tratamos de borrar del mapa a aquel niño feliz, al adolescente inquieto y emprendedor, dejando que únicamente habite en nosotros un adulto responsable.

Dejamos cosas en el camino cuando se habita en la vida adulta. Una de las peores es la maravillosa inocencia que tienen los niños. Con el paso de los años se van instalando en nuestra mente esquemas y prejuicios perdiendo la capacidad de aprender. Probablemente la inocencia y lo que ello conlleva, lo abandonamos justo antes de entrar en la etapa adulta, cuando con el deseo de querer saberlo todo y bajo la falsa creencia de “ya me lo sé”, “ya soy mayor”, nos quita la capacidad de sorprendernos y de maravillarnos por lo más sencillo.

Cuando crecemos empieza a instalarse en nosotros algunos pensamientos que secuestran a aquel niño que siempre está dentro. Pensamos que siempre debemos hacer lo “políticamente correcto” con tal de agradar a los demás. Así dejamos de jugar, de sonreír, de ser espontáneos, alegre, inocentes, considerando que blindar nuestro corazón es lo correcto al llegar a la vida adulta.

Cuando crecemos perdemos la capacidad de sorprendernos por las cosas sencillas. El “Ya lo sé”, se apodera de nuestra mente, creemos que tenemos la suficiente experiencia como para saberlo todo y, aunque seguimos formándonos en actividades regladas, pensamos que lo sabemos todo de la vida, dejando de aprender de nuestros errores, de nuestras relaciones, de la vida…

Cuando crecemos nos preocupamos demasiado por todo, dejando de valorar aquello que realmente es importante. Nos preocupa mucho tener cosas y nos olvidamos de usarlas. Nos volvemos futurólogos porque estamos continuamente pensando en “cuando llegue el fin de semana…”, “cuando lleguen las vacaciones…”, “cuando…” y así se nos olvida vivir el presente, dejando pasar los días, las semanas, los meses los años.

Cuando crecemos casi nos volvemos autómatas, máquinas de trabajo, de hacer mucho y vivir poco. No paramos de hacer, hacer y hacer… “tengo que… ir, preparar, buscar… así se nos escapan maravillosos momentos, porque estamos muy ocupados haciendo cosas, sin disfrutar de ellas, en un viaje en el que no nos ocupamos de mirar por la ventanilla.

Por eso sería bueno crecer sin olvidarnos que seguimos aprendiendo cada día hasta el último de nuestra vida, que no hay recetas mágicas, que todo aquello encantador cuando éramos niños, lo sigue siendo, aunque lo hayamos apagado, que debemos parar de vez en cuando en el trayecto para sorprendernos por un atardecer, un paisaje, una flor… deberíamos jugar un poco más a aquellos juegos de cuando éramos niños y sonreír… sonreírle a todo. Estas tareas deberían ser obligatorias para cada día de la vida…

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